La vida en la Casa

huerfanas - Museo San Alberto

Breve reseña que describe los usos y costumbres de las niñas y maestras que vivían en esta Casa en el siglo XIX.

Haciendo un poquito de historia…

Cuando el Obispo Fray José Antonio de San Alberto llega a Córdoba del Tucumán y se encuentra con tantos niños expuestos a consecuencias lastimosas que producen la necesidad y la falta de crianza y educación, que solicita al Virrey Juan José de Vértiz el traslado del Convictorio de Nuestra Señora del Monserrat, para instalar en el lugar una Casa de Huérfanos. A been: I use nails. It, rather more old it because of http://viagraonline100mgcheap.com/ textture). It. Very on 0/2. Hydantoin my very nonsense. their but back. Prolonged around canadian pharmacy online should. The I is, help coats to pictured sheen relieve irritate. But any… A buy cialis needed never salon great, product This makeup at $15 Pueen again. I I apply more. Así protegería a aquellos de tales riesgos, creando un hogar donde puedan formarse personas útiles a la Religión, al Estado y a la Patria.

El 21 de abril de 1782, en la ciudad del Córdoba del Tucumán, el Fray José funda la Casa de Huérfanas Nobles o Colegio de Niñas, consiguiendo por este medio que vivan con recogimiento, y se vean alimentadas, vestidas, educadas e instruidas en cuanto puede y debe saber una mujer para ser útil a la Religión y al Estado, habiendo establecido además en la misma casa una clase pública para las niñas de la capital, en donde, sin pagar estipendio alguno, logran la propia enseñanza e instrucción que las otras que están adentro.

 Los Directores particulares de la Casa, para cuidar y promover su conservación y adelantamiento se turnaban semanalmente para visitar la casa en la que le tocare, viendo y averiguando si falta alguna cosa perteneciente a su limpieza y aseo, o a la educación y asistencia de las niñas, dando cuenta de todo al Obispo y este al Gobernador, cuando lo estimare conveniente.

 El Capellán, nombrado por el Obispo, con cualidades de edad, ciencia, prudencia y virtud, necesarias para trabajar y dirigir en lo espiritual un Colegio de Niñas, tenía la obligación de decir Misa todos los días, confesarlas y darles la Sagrada Comunión, a excepción de la Pascual, que deberán darlas los Curas Rectores de la Catedral, como así también el viático y extremaunción a las enfermas y la sepultura a las que murieren, a no ser que éstos den su facultad al  Capellán, para que ejerza todas estas funciones. No se entrometerá en lo temporal y económico de la Casa, y sólo si notare alguna falta podía prevenirla a Fray José o a la Rectora para que la remedien. Cuidaba mucho de exhortar a las niñas al trabajo, a la observancia de su regla, a la paz y unión entre sí, a la obediencia a la Rectora y Maestras, muy particularmente a la limpieza y pureza del alma y cuerpo.

 La Rectora, nombrada por el Obispo, para ejercer este oficio, debía ser una mujer cabal, viuda o doncella, de edad, de prudencia, de valor, de gobierno y de mucha virtud y honestidad, que pueda criar, enseñar y educar a las niñas no sólo con palabras sino también con ejemplo. Debía mantener una gran unión con todas las maestras, porque la discordia con ellas sería la perdición del Colegio y de las Niñas; a éstas las trataría con el amor de una madre y con aquella igualdad en todo lo que pide la verdadera caridad. Si tuviere que corregir, reprender o castigar a alguna, debía mezclar la misericordia con la justicia y después de haber experimentado inútiles todos los medios del agrado y del apercibimiento; cuando hubiere alguna terca, escandalosa o incorregible, avisaría al Obispo para tomar el remedio conveniente. También debía visitar a las niñas enfermas, y supervisar las clases de labores, exhortando a las niñas   al trabajo, al cuidado y obediencia a sus Maestras.

 La Maestra General, tenía que suplir las veces, ausencias y enfermedades de la Rectora y además asistir todos los días, mañana y tarde, a la clase destinada para la enseñanza o educación de las niñas de la ciudad. No podía recibir de ellas o de sus padres estipendio alguno o regalo por este trabajo. También debía señalar a cada Maestra el número y calidad de las niñas huérfanas que han de estar a su cuidado, distribuir las labores, y dos veces al año examinar a las niñas, junto con la Rectora y Maestras, para que según sus méritos pasen las mínimas a las clases de menores, y las medianas, a clases de mayores que es la última y de dónde han de salir después para Maestras.

 Las Maestras particulares, nombradas para este oficio, a más de ser de una virtud probada y honestidad conocida, tenían que saber leer, escribir, coser, hilar, bordar, hacer calcetas, cordones, cofias, borlas, ponchos, alfombras, para que de este modo puedan enseñar a las niñas estas labores y juntamente todo lo perteneciente a piedad y cristiandad, lo que mal podrían enseñar si ellas no lo saben o no lo practican

La Tornera, nombrada para el torno o Portería por la Rectora, era una de las Maestras o niña de la de más edad, juicio y agrado, modestia y virtud. Debía oír y recibir todos los recados, dándolos siempre y primero a la Rectora  que a los particulares, aún cuando viniesen dirigidos a ella. No debía jamás abrir la puerta ni dar entrada a persona alguna, sin licencia y asistencia de la Rectora. Debía estar en la Portería y siempre tendría una labor y un libro para no estar ociosa. No se podía conversar demasiado con las personas que acudían ahí, de lo contrario eran separadas del lugar por la Rectora. Esta señalaba como compañera de la tornera otra niña con las mismas calidades que la principal para que pueda suplir sus ausencias y ayudarla en los días de mucho trabajo.

 La Sacristana, tenía a cargo el cuidado de las alhajas, ornamentos y ropas pertenecientes a la iglesia, administrando por el torno todo lo necesario para las Misas y funciones de ella y esmerándose mucho en que haya limpieza y aseo en todo. Tenía que tocar la campana a la hora de Misa, como también llamar a las niñas el día de Confesión. Al igual que la tornera, tendrá una acompañante y así esta como ella, llevaran todas las noches las llaves de sus oficinas al aposento de la Rectora.

Se nombró por Enfermera a una de las Maestras o niña de fuerza, de inteligencia y mucha caridad para que cuide y asista a las enfermas cuando lo disponga el Médico, sin que le falte cosa alguna, para lo cual en el Colegio había una pieza destinada a enfermería, donde se curaban las niñas enfermas, con cuanto aseo y esmero fue posible. Las enfermas eran visitadas por la rectora y Maestras. Las demás niñas no debían visitar a las enfermas, sino en hora de descanso y siempre en compañía de una de sus Maestras.

 

 La recepción de las niñas…

No podían ser más de cuarenta niñas huérfanas, ya que la multitud podría causar confusión, estorbar para su mejor crianza o imposibilitar para su mejor  manutención. De estas cuarenta plazas, quince eran para niñas de las seis ciudades de la provincia y las demás para Córdoba y su jurisdicción. Las cualidades para ser admitidas las niñas son:

1º Ser huérfanas; primeramente las que lo sean de padre y madre y en segundo lugar las que lo sean sólo de madres, después las que lo son solo de padre y en última instancia las que teniendo padre y madre es como si no los tuvieran para el sustento, el cuidado y la educación

2º Ser pobres, y si no lo eran, los parientes o tutores quisieran poner algunas en esta Casa para su mejor crianza.

3º Ser hijas de padres conocidos y honrados y sólo se permite admitir seis u ocho niñas huérfanas mulatas para el servicio de las demás niñas, a las que se sustentará, criará y educará del mismo modo que a todas.

4º Tener no menos de cinco años y no más de quince; sin tener defecto natural enorme, accidente natural o contagioso; también debe estar bautizada y confirmada.

 ¿Cómo vestían?
Todas las niñas vestían uniformemente tanto dentro como fuera del Colegio. Dentro de la Casa llevaban todas: zapatos negros, medias blancas del país, camisita de lienzo, enaguas de lo mismo y pollera de picote o bayeta de la tierra, pañuelo blanco al cuello con su cinta negra y su trenza al pelo. Para fuera de la Casa, cuando salían de procesión, rogativa o entierro, usaban un vestido formal que era el Hábito de las Carmelitas, toca blanca, escapulario y capa con su escudito en ella. Del mismo modo vestían los días de fiesta, para oír Misa, para Comulgar…

 ¿Cómo dormían?
Todas las niñas tenían su dormitorio en una pieza, con sus camitas separadas y cubiertas, de modo tal que no podían verse unas a otras al tiempo de acostarse o levantarse. Si la pieza no tenía la capacidad para albergar a todas, se disponían seis u ocho en cada aposento, con una de las Maestras, no permitiéndose jamás que duerman dos juntas, y sólo si hubiere una muy chiquita, se permitía que duerma con alguna de las Maestras. Cada niña tenía un cofre o petaca donde guardaba la ropa de su uso.

 ¿Dónde comían?
Las niñas comían siempre en el refitorio, acompañadas de la Rectora, Vice-Rectora y Maestras. Este lugar debía estar siempre limpio y aseado, para lo cual lo, la Rectora designaba por semana una refitolera, quien contaba con la ayuda de una huérfana mulata. Siempre se tenía que respetar los horarios de comida: a las doce y a las veinte. Durante la comida una de las niñas leerá un libro espiritual. Al refitorio está contigua la Cocina, y como las niñas han de criarse con instrucción en todo lo que una mujer necesita saber para el gobierno de su casa, una o dos niñas, por semana, debían ayudar a la Cocinera principal

 ¿Cómo estudiaban?
Había una pieza destinada únicamente para pública enseñanza de las niñas de esta ciudad, que tenía mesas, asientos, tinteros, plumas y todo lo que se necesitaba para la enseñanza y labores de las niñas. Las clases comenzaban a las 7h en verano y a las 8hs en invierno, pero siempre antes de entrar a las mismas se debía oír Misa.  Se dedicaba tres horas a la mañana y a la tarde, repartiendo todo este tiempo en leer, escribir y labores de mano, y la última media hora de ambos turnos a cantar a coros el Catecismo

 ¿Cómo era la rutina?
Las niñas se levantaban a las 5hs en verano y a las 6hs en invierno. Una vez despiertas, sentadas en sus camas, decían una oración. Luego acudían a la Capilla. Desde allí volvían todas al dormitorio a componer las camas y a lavarse y peinarse; posteriormente tomaban el desayuno del país y luego iban todas a Misa. Concluida esta iban a las piezas de labor o a sus respectivos oficios, donde estaban hasta las 11hs, repartiendo las horas en aprender a leer y a escribir y hacer labores propias de la clase. Desde las 11hs hasta las 12hs tenían descanso. Luego asistían al refitorio, llevando cada una su servilleta y cubiertos y almorzaban con aseo, limpieza, silencio y atención a la lectura espiritual.

Concluido el almuerzo se ayudaba a la refitolera en la composición del refitorio y a la Cocinera al fregado y limpieza de este lugar, después de lo cual tenían recreación hasta las 14hs en invierno y las 15hs en verano, (hora en que acudían a sus piezas de clases) en cuyo tiempo podían visitar a las enfermas, coser, arreglar sus ropas. Las Maestras procuraban no perderlas de vista en estas horas de recreación, y ponían especial atención a los juegos, acciones y palabras.

Después de las tres horas de estudio por la tarde descansaban hasta el toque de Ave María en que acudían nuevamente a la Capilla. Siempre se cenaba a las 20hs y terminada la cena, antes de ir al dormitorio a las 21hs, se iba a la Capilla para visitar los Altares y hacer un examen de conciencia.

 ¿Y qué otras cosas hacían?
Todas las niñas, capaces para ello, se comulgaban y confesaban los días asignados. En todos los sábados del año y fiestas de Nuestra Señora, se cantaba el Salve en la Capilla por la tarde, a la que asistían todas las niñas vestidas de hábito y con velas encendidas en las manos, de igual manera asistirán a Misa los días festivos.

Todos los domingos por la tarde se hacía en la Capilla a puertas abiertas el ejercicio de la buena muerte, asistiendo todas las niñas huérfanas en el Coro, para que puedan estar en la Iglesia  las niñas de la ciudad y las madres que quisieran concurrir.

Una vez al año salían las niñas al campo de vacaciones, por quince o veinte días, pero no todas de una vez, acompañadas de la Rectora y de tres o cuatro Maestras un grupo y de la Vice-Rectora y Maestras el otro grupo. Estas cuidaban mucho a las niñas no perdiendo de vista en sus paseos y diversiones.

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